Dice el DRAE que una colección es un “conjunto ordenado de cosas, por
lo común de una misma clase y reunidas por su especial interés o
valor”. Luego están los coleccionistas; los hay que coleccionan sellos,
los hay que monedas, postales, saquitos de azúcar, imanes de nevera,
ositos Whinnie Pooh o ropa interior de examantes; el cine nos regala
hasta algunos que coleccionan vello púbico de jovencitas, que custodian
en botes de cristal con fecha, nombre y edad de la donante. Estas personas coleccionan porque tienen un interés particular
en las cosas que reúnen.
Para ser un coleccionista, no
solo hace falta la voluntad de serlo, hacen falta otras cualidades, que
según lo que se coleccione variarán en tipo y en grado. Si por ejemplo,
yo colecciono saquitos de azúcar, me harán falta, primero, perseverancia, para
coger azucarillos cada vez que voy a un bar y segundo, ser muy pesado,
para darle el coñazo a todos mis amigos para que se acuerden de coger
los saquitos de marras y que luego no se olviden de traérmelos. Sin
embargo, si en vez de azucarillos, colecciono iconos bizantinos del
S.XVI, me harán falta otras cualidades; tendré que saber de arte para
que no me den gato por liebre, necesitaré ser adinerado para comprar las
piezas, tener destreza para saber dónde encontrarlas y seguramente un
gusto exquisito que me permita, a simple vista, saber qué iconos bizantinos son más
apreciados y quizás hasta de qué zona provienen.
Luego,
hay unos señores de indudable calidad moral, porque no hay duda que su
calidad moral es nula, que coleccionan dinero. Canallas que también
tienen un especial interés en el valor de lo que coleccionan, y que
poseen unas cualidades maravillosas para engordar sus colecciones hasta
límites insospechables.